Ser adulto no implica tener hijos.
Tener descendencia ha dejado de ser un deseo fundamental en la vida de hombres y mujeres para convertirse en una decisión personalísima e, incluso, solo reservada a unas minorías.
Desde el punto de vista político, los detractores de esta tendencia afirman que la misma obedece a controles sociales (guerras cognitivas) para influir en el crecimiento poblacional.
Según esta lógica, los pobres estarían menos dispuestos a tener hijos, mientras que las clases más favorecidas podrían tener y criar a sus hijos sin problemas, garantizando, en su clase, el relevo generacional, acceso a la educación y roles de poder.
Lo cierto es que hoy, tener hijos es una decisión sobre la cual pesan muchos factores como el género, la identidad y realización personal, así como el sistema de aspiración social.
Un hijo puede marcar la diferencia entre una vida de aventuras y una dedicada a la crianza. Los “números”, como dicen ahora para referirse a los costos, no cuadran cuando se trata de un hijo; es demasiada inversión para la poca garantía de retorno que ofrece.

La tendencia a victimizarse de algunos padres con frases como: “No sabes los sacrificios que hemos hecho por ti” o “uno se mata para que tú estés bien y no lo agradeces”, solo ahuyentan a los hijos del ideal de ser padres y algunos deciden no pasar por una experiencia tan traumática.
Pero, si las parejas superan estas barreras y deciden tener hijos biológicos o adoptivos, se enfrentan al juicio colectivo que califica la gestión actual de los padres como la peor de los últimos años en la humanidad.
Los vicios que genera la sobreexposición sin límites ni criterios a la información reproducida por los nuevos medios de comunicación (redes sociales) afectan de manera determinante la relación de padres y madres con sus hijos.
El nuevo modelo de crianza consciente que se enfrenta al modelo autoritario ha sido deformado por un modelo permisivo de la relación de autoridad y han dejado a los niños creciendo sin una estructura clara de límites y jerarquías.
La nueva paternidad y maternidad implica la actualización de roles en el núcleo familiar; padre y madre reconocen un valor y responsabilidad compartida en la atención y dedicación de los hijos. Y la rigidez y firmeza del trato en el pasado es suplantada por el entendimiento y el consenso en el seno familiar.

Los psicólogos de finales del siglo pasado y principio del siglo XXI han sido claros en la postura de que los hijos deben tener más tiempo de calidad con sus padres, para fortalecer su autoestima y limitar la sensación de soledad y abandono y así favorecer una adultez funcional.
La realidad es otra; la presión social que se ejerce sobre las nuevas generaciones hace que padres y madres se enfoquen en la productividad y se alejen de la atención emocional a sus hijos. Se ha favorecido una actitud sobreprotectora que termina limitando la capacidad de los hijos para tomar decisiones, coartando sus deseos de emancipación, convirtiéndolos, a veces, en personas rebeldes con propensión a tomar decisiones arriesgadas que comprometen su seguridad.
En descargo de los padres, ellos han llegado a la edad adulta sin comprender con conciencia el efecto modelador de las redes sociales. La sobreexposición a información no verificada hace que sus decisiones se centren más en modas eventuales promovidas por bots que en datos estratégicos que le aseguren mayor estabilidad y tranquilidad a futuro.

Pablo Crepet, psicólogo y sociólogo italiano, prendió las alarmas a mediados del año pasado al afirmar: “Estamos ante la peor generación de padres de la historia, hacen cosas de completos idiotas”. Para este investigador, “…estamos criando a una generación de adultos dependientes, inseguros y carentes de herramientas emocionales”.
La descripción de Crepet parece el primer acercamiento serio al producto de las nuevas formas de interacción social mediadas por las redes sociales.
Los adultos que son padres hoy crecieron expuestos, sin criterio, al contenido de redes como Facebook, Instagram o TikTok, tanto como los abuelos fueron influenciados por el mensaje novedoso de la radio y, más tarde, la televisión.


