Hedonismo

Eddie Palmieri: un auténtico nuyorican.

Después de una larga enfermedad, Eddie Palmieri parte de este plano dejando en su legado la “matrix” del latino en Nueva York, del Nuyorican, que no es lo mismo que un latino nacido en cualquier otra parte de los EEUU o del mundo.

Formado en las calles de mítico barrio del Bronx, absorbió toda la cadencia africana y la tamizó con la formación musical que se impuso desde joven, para encontrar una forma de expresión única que lo distinguiría por siempre.

Calle de Nueva York 1970. Foto de Camilo José Vergara.

Aunque muchos historiadores le asignan parte de la paternidad del movimiento cultural expresado en la “salsa”, él niega el nombre y prefiere llamar a este género afrocaribeño, afrolatino o afromundial, ahora con su internacionalización.

Eddie Palmieri comenzó a tocar el piano a los 8 años, en 1944, cuando la música era la posibilidad de “salir del barrio”. Su hermano Charlie, quien ya se movía en el ambiente musical, lo inspiró y acompañó durante toda su vida.

Siendo un virtuoso del ritmo y los acordes, llegó a decir que le hubiera gustado aprender a tocar bien el piano. “Aprender a tocar el piano bien toca’o… Ser tocador de piano es una cosa. Ser pianista es otra”, llegó a afirmar en su momento.

Salón de baile Palladium. Fue, en los años 60 epicentro del mambo. En los 70 experimentaba otros ritmos

Sus discos son densos, de armonías y ritmos complejos. Nunca dejó de experimentar y sus composiciones alimentaron los arreglos y el destino de la música popular de todo el Caribe. Dicen que su espíritu innovador y perfeccionista hacía muy exigente la tarea de trabajar con él, pero su personalidad y el aprendizaje merecían cada esfuerzo.

Montuno, bugalú, guajiras, charanga y mambo cruzadas por folk, jazz y un poco de psicodelia generaron un sonido tan particular que transformó los esquemas conocidos de la música popular caribeña. Por ejemplo, a Palmieri se le atribuye la incorporación de trombones en la música latina, a contracorriente de las trompetas como el clásico acompañante del lamento y la alegría tropical.

Según una publicación de la Fundación Gladys Palmera, (dedicada a la conservación y difusión de la música latina en Europa) todo se originó por una cuestión de dinero; contratar trombones era más económico que trompetas. Esta situación puso a trabajar la mente de Palmieri que los presentó para siempre en los ritmos caribeños.

Pero los grandes cambios de la historia se hacen por la conjunción de varias mentes disruptivas; la siguiente anécdota da fe del momento de ebullición musical que vivía Nueva York y del que los ritmos latinos eran protagonistas:

“Cuando se conocieron, el Triton Club era el after de moda, primero gracias a la Charanga Duboney de Charlie Palmieri y luego gracias a Johnny Pacheco, quien se convirtió en el gran animador de las noches de los martes e inauguró allí el estilo de baile llamado Bronx-hop. Barry Rogers tocaba entonces en el grupo de un saxofonista llamado Hugo Dickens y Eddie Palmieri en la orquesta de Tito Rodríguez. Rogers sabía quién era Palmieri, pero Palmieri no sabía quién era Rogers hasta que lo vio tocar el trombón en una de las jam sessions que Pacheco organizaba, después de que el Triton acababa de servir copas.” https://gladyspalmera.com/la-hora-faniatica/los-trombones-de-palmieri-2/

Pero el Triton Club era solo uno de los tantos “after” que iniciaban el día en la gran manzana. Llamados así porque abrían sus puertas a las 4 de la mañana y se mantenían en la “descarga” hasta que el cuerpo aguantara.

“Nosotros”, el “after hours” de Avelino Pozo (a quien llaman en los primeros acordes de Pedro Navaja: “Avelino, ven acá”), se convirtió en una referencia musical latina donde habitaron: Willie Colón, Pete “El Conde” Rodríguez, Larry Harlow, Johnny Pacheco, Lewis Kahn, Ray Barreto, Héctor Lavoe y otros tantos que redecodificaron la latinidad desde el corazón de Nueva York. Héctor Lavoe también lo hace suyo al decir en uno de sus pregones: “Anoche te invité a la ‘asteragua’ (after hours) de Pozo y no quisiste ir”.

Pionero del jazz latino y ganador del Grammy.

Pero Palmieri, “animal” natural de esa jungla, siempre quiso más y exploró todas las posibilidades del ritmo, melodías, armonías y acordes con los que la esencia latina se podía expresar. Su música, sonora y acompasada, alimenta el oído, elevando el gusto al asombro y luego a la contemplación. Quizás esa carga densa de sonidos y ensambles hace la tarea difícil a un bailador desprevenido.

«Azucar» es uno de los 10 imperdibles de Eddie Palmieri para la revista Rolling Stone. Son 9 minutos 30 segundos de un tema que, en el minuto 1,44 seg, el piano se queda solo con la sección rítmica y nos dice de que va la cosa. La idea es escuchar como entran en armonía los coros, los metales (trombones) y el piano y como, el piano, va marcando presencia hasta que en el minuto en cuestión queda solo con el ritmo.

Palmieri nutrió dos corrientes expresivas de la negritud: el jazz y la salsa. Pese a ello, su perfil de genio lo acercó a los gustos eruditos, alejándolo del deleite popular que lo reconoce como una leyenda.

En el fondo, Palmieri era un hombre sencillo, que lamentaba que no reconocieran a su grupo como una orquesta bailable. En una entrevista publicada por el portal herencialatina.com, decía: “Cuando vamos a Colombia o Venezuela, tenemos enormes multitudes que nos reciben. Pero es más como un mito o algo así.”

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