Sociedad

No es personal: “Es sólo negocio”.

Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump no hacen más que aclarar esta situación al afirmar que: “Están invitados los chinos y rusos a comparar el petrolero venezolano, eso sí, bajo los nuevos esquemas que se imponen”. Estos esquemas suponen el control total de la comercialización de cada barril y anulan la tesis del control geoestratégico de la energía.

Estas afirmaciones dejan a un lado la teoría geoestratégica del control sobre la energía (petróleo) para consolidar la tesis de la dominación sobre la renta de cualquier negocio que se genere en este lado del mundo. Los Estados Unidos no discuten la propiedad del petróleo, activos o minerales (preciosos o raros) en el país; lo que exigen es el control de la utilidad sobre su explotación.

En noviembre de 2025 Trump anunció que ya había tomado una decisión sobre Venezuela.

No habían pasado 24 horas de la captura del presidente Nicolás Maduro cuando las instituciones norteamericanas afirmaron que el llamado “Cartel de los Soles” no existe, dejando en el limbo a uno de los delitos imputados al mandatario y que justificó en gran medida la violación de la soberanía nacional venezolana.

Pero estos hechos se complican todos los días un poco más y van generando mayor rechazo en los que aún creen en las estructuras políticas y jurídicas derivadas de los acuerdos posguerra (2.ª guerra mundial), en el derecho internacional y en la democracia como sistema perfecto para la paz mundial.

Cada decisión anunciada por los Estados Unidos sobre qué hacer con los recursos estratégicos venezolanos deja sin aliento al resto del liderazgo mundial, que se ve envuelto en situaciones inesperadas ante un jugador que está imponiendo, a la fuerza, sus propias reglas de juego.

El colonialismo tradicional opera bajo la lógica del control total de un poder o Estado sobre otro Estado extranjero, subyugado generalmente a la fuerza y obligado a actuar en desventaja y detrimento de sus intereses y derechos.

Donald Trump, dias posteriores al bombardeo de Caracas, se reune con las empresa petroleras para definir negocios.

Fue el modelo predilecto por casi 5 siglos, desde el XV al XX, cuando finalmente ceden los últimos imperios europeos y se consolida el nuevo orden mundial y las democracias occidentales como formas para la convivencia social.

Las acciones dirigidas por Donald Trump y sus colaboradores hacia el resto del mundo recuerdan el modelo colonial a muchos analistas; sin embargo, en este caso, las ganancias no se reclaman para los EEUU (cuyo pueblo financió la operación sobre Venezuela), sino para las “compañías” norteamericanas, esbozando una suerte de colonialismo corporativo donde un poder oprime a otro para que un privado obtenga las ganancias.

En el caso venezolano (hasta ahora), los Estados Unidos no reclaman la propiedad del petróleo, sino el control de su comercialización. Y van más allá, se aseguran de que la utilidad que le pueda quedar al Estado venezolano se invierta en productos y servicios de empresas norteamericanas, al obligar la compra de productos estadounidenses con el dinero generado por las ventas de crudo.

La estrategia, aunque con el desenlace violento que culminó con el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Maduro y su esposa, estuvo bien hilvanada. Desde el llamado “paro petróleo”, las acciones de inteligencia han estado orientadas a debilitar la industria nacional, atacando a su empresa bandera, PDVSA.

Las sanciones económicas impidieron la actualización tecnológica y la inversión en mantenimiento. El desmantelamiento de Monómeros y Citgo, golpea duramente el valor nominal de la empresa y debilita sus posibilidades de negociación y presencia en el mundo petrolero internacional. Así, volvimos a escenarios en los que solo somos los dueños del petróleo.

Más que una actitud colonial o imperialista, se acerca a un neocolonialismo oligárquico, corporativo y voraz. A una relación de dominación superada por los pueblos hace más de 100 años, y se aproxima al trato dado por los dueños de los esclavos en la época de la post liberación.

En ese entonces, los esclavos que por ley alcanzaron su libertad pasaron a recibir una manutención o salario por las jornadas trabajadas en las tierras de sus antiguos amos, quienes, a cambio del trabajo, entregaban fichas que solo podían ser cambiadas en abastos propiedad (adivinen de quién) de su antiguo amo y hoy empleador, generando una nueva forma de esclavitud más refinada y aún más brutal.

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