El Tigre Fusco se ofusca.
Un trozo de carne cruda y sangrienta ha sido el cierre de la cuenta de TikTok de Gian Piero Fusco, para los “haters” del influencer venezolano, cuyas opiniones sobre asuntos médicos lo exponen por el mundo entero y la onda expansiva de las respuestas rebotó desde España para lograr el cese de uno de sus canales.
Pero ¿puede Gian Piero Fusco (o cualquier persona) decir lo que le da la gana (como él mismo dice) por las redes sociales?
Marshall McLuhan, filósofo canadiense, describió esta situación en 1963, cuando el impacto de los medios de comunicación masivos y audiovisuales comenzaba a sentirse en las sociedades.

El medio es el mensaje, dijo el pensador, para sintetizar la idea de que, por encima del contenido, el medio o soporte del mensaje era el verdadero protagonista del impacto, visualizado en cambios de opinión y de conducta en las personas.
Siendo así, hoy las plataformas digitales como Instagram, TikTok o Facebook le asignan criterio de verdad a lo divulgado en ellas sin importar quién emita el mensaje.
El funcionamiento del algoritmo de estas redes está soportado sobre un círculo vicioso que desencadena una sobreexposición del mensaje, lo cual favorece al emisor.
Para un creador de contenido, la meta es alcanzar la mayor cantidad de reacciones a sus comentarios, no importa si las mismas son negativas o de burlas; lo importante es crecer en visualizaciones, reacciones y seguidores.
El mismo Gian Piero, respondiendo al festejo del médico español que denunció públicamente su inconformidad con sus mensajes, lo ataja diciendo: “Felicitaciones, @fisioteduca, conseguiste tu nicho, atacar al tigre…” dejando claro que el galeno solo buscaba notoriedad, visualizaciones y lo hizo a costa del influencer.

Buena técnica de manejo de campaña sucia, ya que no solo banaliza el logro del médico (el cierre de la cuenta TikTok), sino que lleva a su contrario a su terreno, al de quien lucha todos los días por un LIKE.
Pero volviendo al punto, ¿puede un influencer decir lo que le da la gana por las redes? En principio, sí. Siempre y cuando no ofenda o transgreda las leyes de cada país.
Igual ocurre con la diatriba entre comunicadores sociales, locutores y ahora, influencers: ¿Cómo limitar en las personas la posibilidad de expresar sus opiniones por los medios que elija?
En Venezuela el código civil es claro en esta materia y existe suficiente legislación sobre el ejercicio profesional. Desde nuestro punto de vista, las asociaciones gremiales, más allá de formular declaraciones formales de rechazo a las prácticas que consideran peligrosas para la sociedad, deben presentar casos legales concretos ante los tribunales.

Si Gian Piero con sus mensajes pone en riesgo la salud, o peor aún, se lucra de la ingenuidad, desesperación o ignorancia de las personas, ofreciendo curas a enfermedades como el cáncer o la diabetes, el código civil es claro y el sistema jurídico venezolano tiene cómo responder ante estos eventos.
Cuando un gremio manifiesta públicamente su rechazo a una conducta determinada, uno siente que, más que denuncia, es una acción de defensa ante posibles problemas posteriores derivados de esa conducta. Es un decir: yo alerté sobre ese asunto y no me hicieron caso.
En 2019, se sentó un precedente jurídico en esa materia; el gigante Netflix había publicado un documental titulado “Root Cause” (“Hasta la raíz” en español) donde un paciente relataba su creencia de que un tratamiento de conducto derivó en problemas neurológicos e incluso en un cáncer y alertaba a las personas para que evitaran este tipo de prácticas.

La respuesta internacional de las asociaciones gremiales de odontología fue construir un caso legal y presentarlo ante Netflix, exigiendo el retiro del material o la disposición del gremio de llevar el asunto a los tribunales.
Netflix decidió retirar el documental y cambiar su política de producción para evitar confusiones en la colectividad derivadas de los contenidos difundidos a través de la plataforma.
Es decir, su equipo jurídico entendió la posibilidad de enfrentar responsabilidades por la emisión del documental, aunque la opinión fuera expresada por un tercero.
Los influencers viven del escándalo, del morbo. Un juicio quizás le suene a una mayor exposición y a un riesgo que vale la pena correr, hasta que un desenlace negativo le haga perder sus seguidores o sus cuentas.
Liver King (Brian Johnson) era famoso por promover (¡qué casualidad!) un estilo de vida ancestral, basado en el consumo de carne cruda y órganos crudos. Daba consejos de salud y desestimaba la medicina tradicional.

En 2022, fue sujeto de una demanda colectiva por fraude, que reclamaba indemnizaciones por más de 25 millones de dólares. Para evitar el juicio ofreció disculpas públicas, y, luego de un acuerdo entre las partes, el caso fue cerrado cuando la demanda fue retirada voluntariamente por los demandantes.
Sebastián García construyó una cuenta de TikTok robusta como para monetizar un buen estilo de vida en Chile, donde tenía su centro de operaciones y consultorio virtual para personas con problemas emocionales.
El influencer no solo daba consejos, sino que promovía el consumo de algunos medicamentos y ofrecía terapias privadas a sus seguidores.

El gremio de psicólogos de Chile lo denunció por ejercicio ilegal de la profesión, convirtiendo el hecho en un fenómeno mediático. Sebastián no tenía ningún tipo de formación profesional para tratar la salud.
Hoy, Sebastián Ignacio García Cáceres ya no ofrece terapias emocionales y mantiene activa una cuenta en Instagram con unos modestos 6 mil seguidores, donde divulga sus conocimientos en ciberseguridad.
Curiosamente, tiene anclada en el feed la publicación de un diploma que lo certifica como Auditor de Ciberseguridad, por si las moscas.

