¿Existe una rebelión en la industria cultural norteamericana?
Desde que Max Horkheimer y Theodor Adorno definieron al negocio del entretenimiento en los Estados Unidos como una Industria Cultural, el concepto ha explicado fielmente por qué se alinean los mensajes producidos en dicha industria con los intereses del país norteamericano.
Sin embargo, asistimos a lo que pareciera ser un rompimiento en esta alineación; así lo evidencia el disgusto del gobierno de los Estados Unidos con el contenido o mensaje difundido por algunas cadenas de televisión, las productoras de contenido streaming y los mensajes divulgados por Hollywood.
En enero fueron dados a conocer los nominados a los premios Oscar y las grandes favoritas para llevarse el galardón, como mejor película o mejor guion, tratan temas que no precisamente se ajustan a la visión de la actual administración del presidente Donald Trump y su equipo.

Una Batalla Tras Otra, protagonizada por Leonardo DiCaprio, ofrece una versión de los desequilibrios de poder y el supremacismo blanco enmarcado en la realidad del migrante (particularmente latino) y su lucha por reivindicar valores civiles ante el fascismo, el racismo y la xenofobia en la sociedad norteamericana de nuestros días.
La cinta protagonizada por DiCaprio obtuvo 13 nominaciones al Oscar, superada por Sinners (Pecadores) del director Ryan Coogler, que obtuvo el récord de 16 nominaciones. Este film centra su mensaje en las dificultades de los negros para superar la esclavitud y vivir en libertad en los EE. UU. en la época de las leyes de Jim Crow, que establecieron segregación racial en escuelas, transporte, restaurantes y espacios públicos.

El guion usa como recurso la fantasía y el terror al utilizar el vampirismo como metáfora del mal que enfrentó la comunidad afroamericana en esa época. Así aborda temas como el racismo, la redención, la fe religiosa y la resistencia cultural.

Pero si vamos más allá, Bugonia, otra de las películas nominadas, relata una sociedad marcada por las teorías conspiranoicas, la obsesión por el “bienestar” y la “belleza” como resultado del consumo masivo de información no verificada, que contribuye a formar falsos monstruos o enemigos que enmarcan segregación cultural y lucha de clases.
También compite como mejor película Marty Sumpreme inspirada en la vida real, que habla del peligro de la ambición desmedida y la obsesión por el triunfo y la grandeza a toda costa.
Las otras películas nominadas tratan temas más introspectivos, pero dedicados en gran medida, a la soledad que viven los norteamericanos en estos tiempos, donde la individualización gana a la socialización. Y pertenecer a un grupo no implica que estemos acompañados.
Todos los temas hacen una crítica fuerte a la expresión del poder constituido por las naciones y al modelo de sociedad que se propone a futuro. Todo choca con la ideología sugerida desde Washington y expresada con hechos en la política interna y externa de los Estados Unidos.

La Casa Blanca finalizó el 2025 con una batalla frontal contra los presentadores de los programas de opinión (talk shows) de las grandes cadenas norteamericanas. La guerra continúa y, algunos de ellos, han logrado retomar sus asientos frente a las pantallas luego de breves suspensiones producto de las presiones gubernamentales.
Netflix, la plataforma streaming que cambió la forma de comercializar y producir contenido, se ha caracterizado por abrir espacios para divulgar los valores progresistas o “woke”, contrarios al ideal promovido por la Casa Blanca.
Charlie Avery, miembro del Departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad de Birmingham (R.U.), afirma en un artículo sobre la politización del contenido de Netflix, que no es casual que desde 2018 la funcionaria demócrata Susan Rice se vinculara a Netflix como miembro de su junta directiva.

Rice ha sido Secretaria de Estado de los EEUU para África y representante de ese país en la ONU, específicamente en el Consejo de Seguridad. Fue funcionaria de alto rango de inteligencia en los gobiernos de Obama y Biden.
Al llegar Rice a la junta directiva de Netflix, la compañía firma un acuerdo de 143 millones de dólares con la productora Higher Ground Productions, propiedad de los Obama. A esto se suma que Reed Hastings, presidente y fundador de Netflix, es un donante tradicional del Partido Demócrata.
El panorama es complejo e impredecible. Cada vez es más delgada la línea que separa el “bien” y el “mal”. El enfoque progresista, progre o “woke” no ha servido para superar las diferencias ni para construir una sociedad más justa. Más bien, ha sido utilizado como estrategia discursiva para atraer votantes mientras las estructuras de poder se mantenían intactas y reforzadas en su dominio. Las luchas raciales, sexuales, de género, ideológicas hoy vuelven a competir con las luchas por la libertad individual y soberanía de los pueblos.

Como un grito de denuncia se siente uno de los diálogos finales de Sinners (Pecadores) cuando se encuentran, años después de los sucesos, una pareja de vampiros inmortales con uno de los personajes principales que a la fecha es un anciano. Se reconocen y conversan; el vampiro explica que esa noche, justtoa antes de convertirse en inmortales, cuando bailaron y cantaron sus canciones, alejados de todos y entre ellos, “fue el único momento en su existencia en el cual ha sido verdaderamente libre”.

Antonio Muñoz Molina, articulista del diario El País (España), relata dramáticamente la frustración que nace de la “ideología” woke expresada en la presidencia “negra” de Barack Obama. Todo ello resume la crisis del mensaje de la industria cultural de finales de siglo y principios del que transitamos.
El simbolismo tan celebrado de que un hombre negro ocupara una Casa Blanca construida con el trabajo de los esclavos no dio mucho de sí. Obama no habría llegado a la presidencia si hubiera sido descendiente de esclavos, o si el color de su piel no viniera corregido por una madre blanca y por el sello de un doctorado en Harvard, gracias al cual los multimillonarios de Wall Street que financian al Partido Demócrata podían verlo casi como uno de los suyos. Obama reanimó a la fiera racista que ha latido siempre en Estados Unidos, pero no se molestó en desmontar el tremendo aparato de vigilancia y represión urdido a partir del 11-S, ni emprendió reformas verdaderas contra la omnipotencia de los tiburones financieros que provocaron la crisis de 2008. Se fue como había llegado, decorativo y cool, aunque con el pelo agrisado…«

