¿Quién tendrá más ganas? España de ganar la copa o Argentina de retenerla.
Este ha sido el mundial del vértigo y el espíritu.
Previo al mundial, en el marco de una campaña publicitaria, se hizo pública la frase en voz del seleccionador argentino Lionel Scaloni: “Argentina no va a ganar la copa, va a defenderla”. La misma tuvo el “punch” esperado por el mercadeo, pero hoy refleja el espíritu con el que esta selección enfrentó cada uno de los partidos del mundial.
El fútbol contemporáneo ofrece el comportamiento esperado de un deporte de conjunto que ha sido intervenido con la recopilación, clasificación y análisis de data informática.

Cada suspiro de los atletas es clasificado, catalogado y leído por la IA, que traduce el rendimiento en decisiones tácticas o recambios de jugadores en cancha.
Pero, más allá de todo el respaldo tecnológico, hay dos factores fundamentales que han aparecido en los equipos ganadores: el vértigo y la fuerza emocional.
El vértigo traduce ese ataque rápido que posibilita desorientar al adversario alterando el esquema táctico defensivo de los equipos. “Controlar y pasar”, dicen los argentinos. Es desplazar el balón con triangulaciones veloces que impidan la recuperación y faciliten la habilitación a los delanteros con pases de largo y medio alcance en diagonales mordaces sobre la portería.
Es un ritmo trepidante que exige un elevado nivel técnico y rendimiento físico en el atleta, pero, además, supone una fortaleza mental constante para mantener el ritmo de cambios bruscos de sistemas defensivos y ofensivos según sea la necesidad.

La única selección europea que ha mostrado esta actitud es la española; en el partido contra Francia, el equipo se comportó como un todo. Muy eficaz en la marca, con control de balón exquisito que permitió triangulaciones y traslados eficientes y una garra constante en el objetivo del juego: hacer goles.
Esta situación la había adelantado Kylian Mbappé, quien afirmó que el Mundial no lo gana la mejor selección, sino la que muestre mayor fortaleza, refiriéndose a la mentalidad del equipo.
Inglaterra ante Argentina fue todo lo contrario. Pese a marcar primero, fue vencido por su mentalidad europea: anotar y cerrarse atrás.

Su capitán, Harry Kane, declaró luego del partido que la instrucción era ir por el segundo gol; sin embargo, el equipo como conjunto se arrinconó y decidió especular con la defensa.
El gol que puso en ventaja a los ingleses llegó en el minuto 55 y, con una Argentina desconcertada, en el 56, Lisandro Martínez inexplicablemente le entrega el balón a un contrario que la envía a Harry Kane, quien no puede controlar y pierde la posibilidad de finalizar la oportunidad de anotar el segundo gol.
Para el minuto 60, el equipo había abandonado el “pressing”, la recuperación, el ataque y se dedicó a defender. Esta pérdida de concentración hace que algunos jugadores sean más espectadores que protagonistas, desatendiendo sus tareas y reaccionando tarde a sus responsabilidades.
En el minuto 78, Rodgers recupera en media cancha y encuentra mal parada a Argentina; avanza por el centro llevando por izquierda a Kane. La jugada terminó en nada por la tímida actitud ofensiva del equipo; el mismo ritmo de la carrera del atacante y la resolución nos habla del perfil mental y psicológico del momento: pareciera que estaba más preocupado por volver a defender que por concretar la anotación.
Argentina se da cuenta de la ventaja emocional y reacciona de forma adecuada: rapidez, vértigo y mucho control mental. Exceso de esfuerzo que desconcierta a los oponentes que comienzan a sentir que no hay ventaja suficiente para ganarles.
Los equipos ganadores a lo largo del Mundial han sido aquellos que, contra selecciones de similar jerarquía, han demostrado mayor ímpetu, deseo y fortaleza mental.

Son aquellos que no necesitan pensar la estrategia, sino que la conocen tan bien, que solo se ocupan de jugar mejor, con más rapidez y esfuerzo, sin que ese adicional o “extra” que le exige el momento se transforme en desorden o pérdida de precisión.
Esa fortaleza emocional cohesiona al equipo y hace que las habilidades y condiciones físicas se eleven por encima de las marcas promedio de los jugadores: un centímetro más en un salto, un metro adicional en la carrera o el reflejo adelantado de un segundo sobre el oponente pueden ser la diferencia que los lleve a la victoria.

