Lo que nos deja la cancelación de Jimmy Kimmel.
Las cuatro grandes cadenas de televisión de los Estados Unidos, ABC, CBS, NBC y FOX, se encuentran en plena fase de ajuste. Sus directivos viven abrumados por la pérdida de audiencia (y dinero) ante los streamers y por la sacudida política que representa Trump.
Hace una semana se despidió de las pantallas Stephen Colbert, hasta entonces uno de los protagonistas de la noche norteamericana; su Late Show fue cancelado y todos aseguran que las razones fueron económicas. El programa decreció en audiencia y los números no daban para mantener un equipo de más de 200 trabajadores y un salario de 15 millones de dólares anuales (el de Colbert). Trump lo festejó en su red social vaticinando que el próximo “mal animador” en despedirse sería Jimmy Kimmel, como sucedió en días pasados. En el ambiente, se perfilan nuevas “cancelaciones” de presentadores como: Jimmy Fallon, Seth Meyers o John Oliver (en la gráfica).

Tanto Kimmel como Colbert hacían crítica política desde el humor. Los gobernantes, sin distingo, fueron objeto de su sátira, aunque ambos mostraban preferencia por el partido demócrata y sus performances no eran entendidas (ni aceptadas) como humor por Trump.
Las 4 grandes cadenas televisivas tienen un margen de control federal mucho menor que las cadenas o canales regionales en los EEUU. Pero, sin estas cadenas regionales ABC, CBS, NBC y FOX no tendrían cobertura nacional.
Sobre estos pequeños eslabones de la cadena es donde recae el poder de la Dirección Federal de Comunicaciones, que les advirtió sobre la posibilidad de perder la licencia si seguían emitiendo los shows, generando un efecto de “cascada inversa” en la relación de poder.

Hay una corriente significativa de opinión pública y política que ve las decisiones de ABC y CBS como una forma de complacer a la Casa Blanca, entendiéndolas como un claro ejemplo de sumisión ante el poder o de conspiración para atentar contra la libertad de pensamiento y opinión en favor de una determinada línea de pensamiento.
Las salidas de Colbert (CBS) y Kimmel (ABC) han desatado todo un terremoto de opinión en los norteamericanos que hoy, como nunca, discuten sobre la primera enmienda de su constitución, aquella que soporta la libertad de expresión, mientras que Trump hace crecer su perfil como autócrata, líder de un régimen de fuerza a lo interno y externo, censurador de la opinión y de corte dictatorial. A esto hay que agregar que un significativo número de estadounidenses y extranjeros piensan que esto es necesario, «que es lo que hay que hacer».
Pero, ¿qué nos dejan estos acontecimientos?
Que intangibles como la opinión y la libertad de expresarla siempre serán cuestionados en ambientes polarizados.
Que en ambientes polarizados la verdad pasa por el filtro de la moral y es más un acto de fe.
Que los ambientes polarizados son el escenario preciso para la toma de decisiones fuera del marco legal y moralmente permitido. Es la coyuntura donde triunfa el «era lo que había que hacer».
Que las grandes empresas o corporaciones terminan apostando al grupo de poder que mayores posibilidades tiene de garantizarles su subsistencia.
Nos revela que los sindicatos de trabajadores son fuertes y existen en los Estados Unidos: luego de la “cancelación” de Kimmel, por lo menos 5 sindicatos de Hollywood que agrupan a unos 400.000 trabajadores manifestaron su inconformidad con la decisión de Disney (dueño de ABC) de suspender al presentador.
Nos dice que una actitud grupal como la “cancelación”, aquella que se describe como la “muerte” social y laboral de una determinada persona por manifestar “actitudes y opiniones” contrarias a lo que se considera una “buena moral”, es, en el fondo, una medida coercitiva y más cercana a un acto de persecución que de justicia.
Que efectivamente existe un quiebre en todo el entramado de poder que sostiene a la sociedad norteamericana. Que las cabezas visibles son los presentadores, pero detrás hay todo un movimiento que espera revisar y cambiar las estructuras que modelan el comportamiento social (cultura y poder), así como la distribución de la riqueza al interior de los Estados Unidos.
La verdad no se discute, los hechos son los hechos. Lo que nos enfrenta es la validación de cada acontecimiento. El atributo de «justo» o «merecido» para cada decisión. La pelea está allí, y todo parece indicar que en un futuro próximo eso ya no importará. Quien tenga el «poder» de hacer algo, sencillamente lo hará, por muy injusto o inmerecido que parezca.

