Sociedad

La frustración y la rabia como recurso político, ¿se justifican?

Un cambio de era supone tal proceso de transformación en la sociedad que el aprendizaje y socialización de un hombre o mujer promedio no le alcanzan para entender su entorno.

Es tanta la magnitud de los cambios que las comunidades se hacen cada vez más pequeñas para garantizar los entendimientos colectivos y la estabilidad.

En la medida en que estas comunidades crecen o interactúan con otras, los valores compartidos tienden a ser más permeables. El escenario más apocalíptico es vislumbrado por los teóricos como aquel en el que el individuo entiende que para ser libre hay que vivir o aceptar la opresión.

A la adversidad, hay tres formas muy comunes que tenemos los humanos para superarla: la resiliencia, el estoicismo y, en la cultura japonesa, el nintai.

Las tres tienen en común su visión sobre lo inevitable; una vez que se está ante un fenómeno con esta característica, se asume la realidad que genera para adaptarnos, salir fortalecidos y evitar la derrota.

Entendiendo como derrota la pérdida de ilusión por la vida y el porvenir.

Una ejemplo de éxito que hoy muestra Japón, luego de haber sido objeto de la prueba de inhumanidad más grande que hasta ahora se conoce, es el renacimiento de su sociedad y su economía.

El “milagro japonés”, como se le conoce en historia económica, comienza justo después de la detonación de las dos bombas nucleares lanzadas sobre su territorio, hecho que dio fin a la Segunda Guerra Mundial.

Parte fundamental de este milagro fue el refugio de los japoneses en el nintai, que etimológicamente se explica como:

El caracter 忍 (nin), que significa soportar o aguantar (también raíz de ninja, «el que perdura»), y 耐 (tai), que significa resistir o seguir adelante.

El nintai no es pasividad, ni resignación, como tampoco lo son la resiliencia o el estoicismo.

En la sociedad de posguerra, Japón cargó con la cruz de la derrota, el shock ante la devastación nuclear y la quiebra económica por el esfuerzo de la guerra.

Imagen de la devastación atómica en Japón.

En ese momento, era mal visto que un japonés se quejara por la falta de recursos producto de la situación en la que quedó el país luego de la guerra; suponemos que se asumía como una actitud muy cercana a la derrota moral o anímica que, para su filosofía, cerraría el camino hacia el resurgimiento.

Henrique Capriles, hoy convertido en meme, es solo uno de esos políticos que intentan alcanzar notoriedad hurgando en el malestar.

¿Qué impulsa a los políticos venezolanos a quejarse (o invitar a hacerlo) por las consecuencias del enfrentamiento interno y externo de los últimos años? Rédito político, votos, mala lectura de la realidad o es una simple expresión de su derrota.

El mundo próximo será distinto y será dominado por nuevas generaciones. El mismo discurso de finales del siglo XX no se convierte en actual aplicando técnicas de mercadeo en plataformas digitales.

El discurso político no ha variado: ni el bombardeo, ni la prisión de Nicolás Maduro, ni el terremoto, ni las licencias para negociar con el país, ni el ingreso a medias en el sistema SWIFT, ni la reactivación de la industria petrolera, ni, mucho menos, la inversión en el sistema eléctrico hacen que este cambie.

Hoy, si sacamos cuentas, estamos ante el escenario más esperanzador de los últimos 10 años para superar el problema eléctrico; entonces, ¿por qué no asumirlo como tal?

Hay procesos electorales en puerta y los políticos intentan resurgir en la opinión pública difundiendo, pulsando emociones sobre temas que saben que son de interés colectivo, con el único objetivo de “aparecer” en las encuestas y garantizar un puesto de elección popular.

Mal presagio para quienes esperan obtener dividendos sobre lo “inevitable”. Ya tendremos tiempo de equilibrar las cargas.

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