¿En qué se parecen los derechos humanos a un aguacate?
La cotidianidad hace natural ciertos derechos, actitudes y sensaciones que, a veces, han costado vidas.
El Gran Wyoming (José Miguel Monzón Navarro, Madrid, 1955) afirmó en una entrevista reciente que la juventud cree que derechos como la opinión, la propiedad, la libertad (el destino), la igualdad, el libre albedrío son innatos en el hombre y, en consecuencia, en la sociedad. Por ello, afirma que cada vez son más (los jóvenes) que apoyan tendencias de ultraderecha, al estar convencidos de que esos derechos están seguros, que no hay oportunidad de perderlos.
Estamos ante una encrucijada en la que las personas viven las consecuencias de sus decisiones al otorgar poder al extremismo (con el voto o con decisiones personales), siempre contando con que sus derechos están garantizados. Según el portal CNN, cada vez son más frecuentes los testimonios de familias que votaron por Trump y ahora son separadas, al sufrir deportaciones forzosas.

Los norteamericanos se despiertan hoy con el temor de la pérdida al observar el trato que la Casa Blanca tiene con valores consagrados en su constitución como la libertad de opinión y expresión.
Europa ve con asombro cómo la diplomacia no resulta ante las decisiones opresivas de Israel sobre Palestina y cómo están convirtiéndose en un sándwich presionado por un lado por los Estados Unidos y por el otro por Rusia.
Arnold Schwarzenegger, exgobernador de California, cuestiona decisiones políticas en ese Estado afirmando: “No podemos, con el pretexto de defender la democracia, romper las mismas reglas de la democracia”. Y es cierto, una vez que esto se cumple, cualquier forma de gobierno podría instaurarse y, lo peor, es que la historia no cuenta con relatos exitosos en ese sentido.

En Venezuela hemos vivido la experiencia y consecuencias del pensamiento extremo y de las decisiones “forzadas” por un fin superior. Ninguna de ellas nos ha conducido por un buen camino.
Pero vamos a lo elemental, a lo básico. Sindi Guevara emigró, seguramente con “sobradas razones” para hacerlo. Y hoy, un aguacate la hace llorar. Sabemos que es un acto reflejo, que en el fondo hay toda una estructura material e inmaterial que perdimos al migrar. Quienes regresan cuentan su experiencia y coinciden en que lo más “rudo” es lo emocional: amigos, el barrio, un plátano, sentarse bajo una mata a conversar. En el caso de Sindi, llora por su encuentro con un aguacate criollo.
Ojalá siempre nos toque llorar por un aguacate y no por derechos fundamentales que nos obligue a invertir años y vidas para reconquistarlos.

