Sociedad

¡Que mis palabras no la ofendan!

Esta frase es un deseo vano cuando la intención es descalificar, a través de la burla, a una persona o un grupo de ellas.

Carlos Baute se ha visto envuelto en una polémica por sus palabras en la tarima como telonero de María Corina Machado en Madrid (que mis palabras no lo ofendan), al llamar “mona” a la presidenta encargada de Venezuela.

Para los venezolanos quizás el calificativo de “mona”, aunque con certeras intenciones racistas, denigrantes y vejatorias, no tiene mucho efecto; todos tenemos un amigo o amiga apodado mona o mono, según sea el caso.

Todos tenemos a un pana al que llamamos “el gordo” y una confidente apodada “la gorda”. Y así hay chivos, conejos, becerros, loros y burros por montones. Incluso hay negros, negritos, gorditos y gorditas (que no es lo mismo que gordo o gorda).

Todos tenemos a un pana que llamamos “el gordo”

Pero eso es aquí y funciona porque desde la escuela aprendemos que el sobrenombre perdura si el niño (o niña) no llora cuando se lo decimos. Si el niño llora, sabemos que es ofensivo y no lo hacemos, por lo menos en público.

En Venezuela a Vinícius Júnior seguramente lo llamaríamos el negro, pero en la España de hoy eso es impensable. La sociedad española ha emprendido una campaña reeducativa para mejorar su nivel de tolerancia racial y convertirse en una sociedad incluyente como marcan las reglas contemporáneas.

Pero el discurso racial en la península ibérica se ha polarizado y politizado; la extrema derecha impulsa una política antiinmigración y de perfil eminentemente racista, mientras que el grupo de ideología de izquierda y centro abogan por una actitud inclusiva con la migración, entendiendo que la mayor población migrante en España proviene de África.

Vinícius Jr. ha sido objeto de burlas racistas en España.

Jugadores, fanáticos y equipos han recibido multas y sanciones por acciones racistas en los recintos deportivos españoles. Pero esta corriente cultural se expande por el mundo entero. Hoy no hay serie televisiva de cualquier producción mundial que no incluya interacciones (sociales o amorosas) entre personajes de distintas razas, dando ejemplo de igualdad.

Baute ofrece disculpas por sumarse al cántico que, según él, nació del público espectador. Y asegura que se dejó llevar por un momento profundamente emotivo, justificado en años de represión y ausencia de libertad que, según él, viven sus compatriotas venezolanos.

Pero el asunto es que en España, Europa y en todo el mundo, este tipo de acciones solo describen el pensamiento de las personas, y, cuando afloran, muestran a quienes lo espetan como racistas y fascistas. El tema no es ni la ofensa, ni las disculpas, sino el comportamiento de los tarimeros y la perspectiva de su propuesta.

Ahora, si el escenario donde se compara a alguien con un animal por su fisionomía, raza o color de piel es en un acto público y político cercano a la extrema derecha, obviamente se encienden todas las alarmas y nadie quiere retratarse o engancharse en ese tren, así en privado lo festejen.

Algo ha debido olerle mal a MCM después del paso de Carlos Baute por la tarima.

Que Baute afirme que no es racista porque creció en el folclore venezolano “con tambores” (que es cosa de negros), parece que no lo ayuda mucho. El caso, es que acá en Venezuela, más allá del filón político que se le saca al tema, este asunto no ha tenido mayor trascendencia. A diferencia de España (el país donde vive Baute), donde sus palabras chocan con una política de tolerancia e inclusión promovida por el Estado.

Qué bonito y aleccionador hubiera sido si, en vez de que Carlos Baute se sumara al coro de las masas emocionadas, hubiera objetado o, por lo menos, desestimado el insulto. O si la siguiente en orden de tarima, María Corina Machado, con su premio Nobel a cuestas y su inmensa humanidad, hubiera arreglado el entuerto limpiando el escenario, su imagen y la de los migrantes venezolanos en España presentes en la plaza. Pero son demasiados «hubiera» para un solo acto y, a Baute, después de las disculpas le cabe el refrán “aunque se vista de seda, mona se queda”.

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