Cuando el humorista se hace chiste.
Venezuela tiene amplia tradición humorística; la sátira, el cinismo y el humor nos acompañan desde que comenzamos a dar los primeros pasos, sobre todo si tenemos una forma peculiar de caminar; entonces nos llamarán: pato, cintura loca, sin eje, calambre o cualquier cosa que se le pueda ocurrir al tío simpático.
Hay una ley no escrita que se fundamenta en el sufrimiento: si el apodo (o el chiste) hace llorar al niño o niña, deja de ser cómico; entonces se evita a toda costa.
En las últimas décadas del siglo pasado ocurrió un cambio drástico en las producciones de radio de todo el país, reflejo de una postura transgresora que, desde la publicidad, marcaba el proceso de los creativos de entonces.
Hasta esos años, la cabina radiofónica era más que el locutor. Sentarse frente al micrófono era una actividad destinada a unos privilegiados, no solo por el timbre de su voz, sino por la educación y formalidad con la que asumían sus funciones.

Relajar ese estilo en busca de mayor ligereza en las emisiones trajo varias consecuencias, entre ellas, cruzar la delgada línea que separa lo cursi de lo emotivo, la ingenuidad de la ignorancia, la compasión del “postureo”. Hasta llegar a confundir el humor con la burla, la ironía con la supremacía y la sátira con el sadismo, todas esas fronteras vulneradas en nombre de la libertad individual, de opinión y, generalmente, del entretenimiento con humor.
Ya no se necesitaron grandes voces para estar frente a un micrófono. Se dejó de prestar atención a la cultura general y la pronunciación. Se dejó a un lado el conocimiento profundo del tema tratado para hacer del mensaje un acto recreativo alejado de la reflexión.
Con esta movida también llegó la banalización de la realidad. Perturbadora técnica que, al restarle importancia y gravedad a un hecho, ayuda a solapar lo ocurrido, evitando el juicio moral de la situación.
Una cosa es alivianar la desgracia con humor y otra hacer de la desgracia un chiste.

Un claro ejemplo de la banalización de un tema específico nos lo brinda un maestro en esta técnica: Luis Chataing. El ejemplo lo tomamos de la cuenta de la creadora de contenido Carolina Rosario.
En el video, ella intenta transmitir lo perturbada que se siente con el caso de los Tate Brothers y cómo ellos construyeron un perfil falso de redes sociales para “vender” una imagen o realidad (mercadeo) con intereses económicos y delictivos.
Cuando Carolina Rosario describe el perfil de imagen de “los hermanos” centrado en la manosfera, ese espacio digital antifeminista y practicante de una visión violenta de la masculinidad, Chataing la interrumpe y a manera de chiste suelta: Aggg… me identifico con todas las anteriores, me identifico.
Esta es una fórmula para la risa: la emisión inesperada de una frase “irónica” que contrasta con la seriedad de un tema. Sí, da risa, pero al discurso lo lesiona y le rompe la formalidad con la que debe ser interpretado.

Más adelante, para reforzar su idea, Carolina Rosario enfatiza diciendo que uno de los hermanos se hizo viral por aparecer en el reality Big Brother (RU), en una imagen donde aparentemente golpeaba, con una correa, a una mujer en un acto sadomasoquista. Chataing interrumpe y remata: “Pero espera, eso está guionizado”. Es decir, eso está preparado, no ocurrió, es ficción y seguramente fue consensuado.
Nuevamente, Chataing banaliza el tema y se pierde la idea de la denuncia. Carolina Rosario trata nuevamente de enfatizar poniendo la atención en lo peligroso que resulta hacer ficción sobre temas morales sin advertir el engaño, pero ya el daño está hecho. Su preocupación fue convertida en un chiste.
Hoy el mercadeo soporta más que el papel (que soporta todo). Hay mercadeo personal, hay figuras con opinión guionizada, hay fachadas expuestas sin advertencia y creadas con la finalidad de vender; todo en nombre del mercadeo. Así se cuentan artistas con y sin talento. Políticos con y sin buenas intenciones, solo son fachadas discursivas de productoras para impactar el gusto popular.
Se deduce de la preocupación de Carolina Rosario la pregunta: ¿Es sano permitir “guionizar” una relación sexual mediada por la violencia en un programa para adolescentes muy visto por adultos perturbados y hasta niños?, una cosa es una actitud pacata ante costumbres sexuales (que sabemos que existen) y otra es normalizar el asunto.

Hacer humor es utilizar el ingenio para crear o describir situaciones graciosas. Banalizar es reducir la gravedad de una falta con una intención determinada.
Satirizar para conseguir la reflexión es distinto a normalizar relaciones de sumisión y abuso muy cercanas al delito.
Porque los Tate Brothers son más que el video de la correa. Es un posible entramado internacional de trata de personas, lavado de capitales y estafa cuya fachada podría ser el perfil como influencers de estos personajes y, en definitiva, es sobre ese tema donde se afinca la broma.
Hacer chiste de un grupo determinado para causar risa en otro grupo específico puede ser un síntoma de totalitarismo, sobre todo si el trasfondo es político.
El humor se vale del símil o del absurdo sobre lo cotidiano para entretener y divertir. La sátira busca la corrección moral a veces utilizando la indignación.
Pero la banalización es un acto más corrupto. Por ejemplo: Es hacer chistes o humor partiendo del caso Epstein, es crear situaciones graciosas a partir de las desgracias de otros cuyos males pasan a ser insignificantes.
Es hacer gracia de la ignorancia de un tercero. O justificar un evento a partir de ese hecho, con frases como: Quien la manda (o lo manda) a creer en una oferta de modelaje en Dubái.

Otro ícono de la locución venezolana, Elí Bravo, cuenta que un día, volviendo a su casa, se percató de que el “personaje” en el que se había convertido no le gustaba para nada. Según su testimonio, era como el Cantante de Lavoe: “Y nadie se pregunta si sufro, si lloro, si tengo una pena que late muy hondo…”
Interpretamos que sintió que, a pesar de que marcó pauta en la radio nacional, que cambió desde entonces el estilo de la locución. Que se atrevió a ironizar y a hacer humor de lo impensable, que transgredió y sí, también banalizó y mucho, estaba solo, y, al final, cargando con toda la culpa, y el resto, con buena parte del botín.
Tomó una decisión y, si bien entendemos, abandonó el estilo y le dio un nuevo rumbo a su vida, una donde esperamos tenga mayor control sobre su destino.
Otros, herederos de esa escuela, siguen empeñados en convertirse en el chiste del día.

