Los tres silencios que vivimos los venezolanos.
La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará grabada como una nueva cicatriz en la memoria colectiva del venezolano, tan o más profunda que la que dejó el Caracazo o las guarimbas. Pero esta vez, la agresión fue externa, no fue un castigo auto infligido; no fue producto de nuestra furia ni de la genética caribe.
Cada vez que la violencia se presenta en nuestro vecindario, nos sumerge en una profunda tristeza, una especie de “ratón moral” que nos mantiene callados por un tiempo proporcional a la magnitud de la rabia. Impera en la ciudad un silencio demoledor, una actitud un poco sociópata, como si no pasara nada, como de luto.
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Hay un silencio que atormenta y es la ausencia de nuestro trinar. Esa conversación casi permanente que nos caracteriza y que se convierte en un rumor que te acompaña desde las primeras horas del día. Es un ruido incesante de voces, risas, canciones y discusiones que nos dan el ambiente de fondo que no permite que nos sintamos solos.
Hoy nos sentimos solos; ese trino no se escucha y, por primera vez, el propio latir de la ciudad con sus carros, motos y camiones nos acompaña; hasta el ruido de la brisa lo sentimos. En medio de esta tensa quietud, cualquier estruendo contundente, de inmediato, nos lleva al sobresalto y al miedo de perderlo todo.
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Otro silencio estridente se escucha en redes sociales. Nuestro alter ego digital se encuentra en shock. Ni para bien, ni para mal. Los más osados publican fotos con corazoncitos o imágenes religiosas abrazando al país. Una especie de “dele usted el valor que quiera”.
Y es que en nuestra memoria reciente nunca habíamos sido atacados por una fuerza extranjera. Nunca habían atentado contra nuestro orgullo de manera tan flagrante. La sensación de sometimiento a la fuerza es tal, que, con seguridad, hay quienes, aunque el hecho les vacíe la cuenta de la venganza, el miedo subyacente no los deja dormir.

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Otro fenómeno convierte los gritos en aullidos inaudibles, son los que salen de las gargantas de quienes avisaron de esta situación y no dudaron en denunciarla. Hoy siguen gritando la afrenta y alertando sobre nuevas incursiones de este tipo que están por venir si no se cumplen las exigencias del agresor, sea en Venezuela, o en cualquier país del extranjero.
Estos gritos se confunden con las celebraciones (o burlas) expresadas por venezolanos en el extranjero, con los que piden una mayor contundencia y ferocidad en la acción de los EEUU, con los que descargan rabia y amargura en sus redes y, sedientos de sangre, piden más y con transmisiones en vivo. ¿A quién le hablan? ¿Quién los escucha? ¿de qué se burlan?

El asombro persiste porque cada declaración del agresor nos enmudece.

Decir que ahora ellos gobiernan el país y que quienes ejercen el poder en el territorio deben hacer lo que piden o habrá otra arremetida más fuerte, es, por lo menos, estrafalario; pero, viniendo de una de las potencias militares más grandes del mundo, se torna peligroso y con inminente riesgo de muerte y destrucción.
¿Y qué piden que no les han dado? Según sus propias declaraciones: control y acceso total a las reservas energéticas, mineras y “otros” activos del país.
Es difícil hablar así, es difícil conversarlo y asumirlo sin tragar amargo.
El luto que sentimos por la pérdida de nuestra soberanía no se supera fácil, y menos para todos los venezolanos que hoy nos sentimos o cómplices o impotentes ante el desarrollo de los acontecimientos.

